DIÓGENES
Michel
Henric-Coll
Diógenes
vivía de limosnas. Antes de adoptar a un contenedor de transporte abandonado
como residencia principal, debió de haber estudiado, porque cuando se sentía
en forma, declamaba poesías clásicas, citaba a los Griegos y no desdeñaba
estropear a Shakespeare en un sucedáneo de Inglés.
Que
haga calor o frío, se le podía ver varias mañanas hacer sus abluciones en la
fuente municipal, detrás del parque de bomberos.
Eso
sí, jamás se le había visto borracho, ni con una botella de vino, ya que lo
mencionáis. Para ganarse una moneda, ayudaba a echar las basuras, recogía las
hojas del jardín de algún vecino, o echaba una mano al cervecero para entrar
los barriles al bar.
No
carecía de humor, porque cuando algún adolescente le preguntaba: "qué
haces con tantas horas en el día", solía contestar:
>
Diógenes tenía una linterna y buscaba un hombre, yo soy un hombre que
aun busca su linterna. Y se retorcía de la risa.
Supongo
que su mote de Diógenes le venía de aquí. Insinuaba que el trabajo es una
esclavitud y que el había nacido para ser libre.
>
pero no ganarás dinero así.
>
No sabes cuanto me alegro de no tener dinero, sentenciaba.
>
¿Y porqué eso Diógenes?
>
Porque con los tiempos que vivimos, si tuviera dinero, ¡necesitaría
muchísimo!.
Durante
el verano, la mayoría de los habitantes del pueblo emigran para vacaciones,
pero Diógenes no tiene residencia secundaria. Ocurrió que uno de los
chaleteros le ofreció cortarle el césped de su jardín.
>
Mi jardín es pequeño, así que no te pagaré, pero te daré una buena
comida.
>
Trato hecho Capitán (llamaba a la gente Capitán o Doctor como trato de
calidad, no porque lo fuesen).
Y
así fue que en un par de horas, Diógenes se ganó una buena comida que le
dejaron disfrutar en la mesa de cemento del jardín. Eso sí, después se encargó
de limpiarlo todo.
El
hecho llamó la atención de otro vecino que le ofreció cortarle la leña y
guardarla en el cobertizo a cambio de una cena.
>
Pues, de acuerdo, mañana iré.
>
Mañana no habrá nadie en casa, tendría que ser hoy.
>
Ejem. ¿Y no podría darme dinero?
>
No, que te lo gastarás en vino.
>
Yo no bebo vino, da dolores de estómago. Lo gastaré para comer.
>
Pero si comida es lo que te propongo.
>
Doctor, Usted me propone una cena, y hoy ya he comido como un general.
Mas comida no me compensa el trabajo.
>
Muy bien, trato hecho, te daré el dinero de una cena.
La
viuda Alcaraz le vio pasar:
>
Otra vez por aquí, vago, no se porqué no te echan del pueblo. Hablaré
con el Alcalde, te lo aviso. Aquí no queremos a vagabundos.
>
No soy un vagabundo, tengo un techo.
>
¡Y encima respondón! Eres una vergüenza para este lugar.
Pero
cuando la viuda se torció el tobillo y tuvieron que escayolar, no dudo en
llamar a Diógenes, desde el primer piso.
>
Hey vago, ven p'aca, que con mi pierna no puedo con las escaleras. Quiero
que vengas a bajarme la basura.
>
Eso no, bruja, eso no.
>
Oye, ojo como me llamas. No debiera pero te daré un vaso de vino.
>
No bebo vino.
>
Pues, un pedazo de pan, con una cortada de jamón. Del bueno, serrano.
>
No, no tengo hambre, ya me han dado de comer, y de cenar.
>
Pues te daré una moneda de diez. Anda, tengo el cubo a rebosar y mi hija
hoy no puede venir. Sube de inmediato.
>
Hasta luego bruja.
>
Ven aquí, vago. Eres un aprovechado, te daré una moneda de 25. Vale,
vale, de 50, pero no lo vale, claro que no. ¡Vuelve!
>
Adios bruja, hace tiempo que me vienes pagando, cada vez que me ves.
Guarda tu dinero que mi alma no está en venta ni en alquiler.
Así
vivía Diógenes, al día, sin compromisos ni obligaciones. A cambio de trabajos
ocasionales, cuando le apetecía. Cuando le ofrecía algo que le faltaba o le
hacía ilusión: comida, un libro, o una pastilla de jabón.
Sin
haberlo estudiado, había comprendido que necesidad y motivación son
complementarias. En efecto, ofrecer a alguien algo que no necesita no le impulsa
al esfuerzo. Ni algo que ya tiene de sobra. Y cuando una persona necesita
afecto, o reconocimiento, (que es totalmente gratuito; una sonrisa, un abrazo,
un tranquilo saldremos hacia delante) no le ofrezcas dinero porque aun que lo
acepte, no le motivará. Hasta puede sentirse frustrado consigo mismo y enojado
contra quién se le ha dado.
Todos
somos un poco Diógenes, tanto a nivel personal como profesional, nos movemos
por lo que necesitamos, o pensamos que necesitamos.
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