LOS PILARES DE LA ESCUCHA ACTIVA
Michel Henric-Coll
En nuestra actividad de asesores o
facilitadores en empresa, hemos tenido siempre la confirmación que uno de los más
importantes problemas es la comunicación interpersonal.
Comunicar es una extraña
actividad. No podemos eludirla, ya que no comunicar es completamente imposible
(salvo a aislarse físicamente de todos como un ermitaño, o algún salvaje).
No comunicar es imposible porque si
es cierto que podemos guardar un silencio total, no podemos impedir que nuestro
cuerpo hable por nosotros, como María Teresa García lo explica en sus artículos
sobre el lenguaje No Verbal.
Y si conseguimos no emitir
absolutamente ningún mensaje, ni hablado ni corporal, entonces comunicamos que
no queremos comunicar lo cual es, a su vez, toda una comunicación.
Extraña actividad pues que hacen
todos los seres humanos, madre de todas las felicidades cuando es muy buena y de
todas las desgracias cuando es muy mala. Comunicamos como respiramos, de forma
espontánea y sin haber, en general, aprendido.
En ámbito empresarial, comunicamos
con nuestros colegas, con nuestros colaboradores e inclusos con nuestros jefes,
con nuestros clientes, nuestros proveedores y con los que nos llaman por teléfono.
Posiblemente sea nuestra actividad principal. Pero ¿sabemos comunicar?
Hemos pensado desarrollar en el
Boletín una serie de artículos, independientes aunque relacionados, sobre el
tema de la comunicación.
En este número 5, os proponemos
reflexionar un poco sobre la escucha.
Nadie es tan molesto
como aquél que se obstina en seguir hablando cuando intentamos interrumpirle
:-)
Cuantas veces, cuando alguien nos
explica algo, hemos ideado una respuesta o una objeción antes de que termine la
frase y le cortamos la palabra, seguros de haberle entendido.
A su vez nos interrumpe porque le
hemos interpretado mal, o simplemente porque imagina que no le hemos podido
comprender sin escucharle hasta el final.
Entre repeticiones inútiles e
interrupciones precipitadas, logramos un diálogo de sordos en el que salimos
todos desmotivados cuando no enojados.
La conversación se transforma en
un ejercicio en el que cada uno intenta vencer al otro en lugar de construir
algo provechoso entre ambos.
Desde luego más que saber hablar,
saber escuchar es la clave de la comunicación, y descansa en cuadro piedras
angulares: los pilares de la escucha activa.
El Pilar del Silencio
Parece tan obvio, y tan poco
habitual: para escuchar, hay que callar. Hacer silencio no significa
desconectar, sino casi todo el contrario, significa aprender con todos los
canales. Mientras habláis no podéis abrir todas las antenas de la observación.
Hacer silencio debe aprovecharse para observar los canales del interlocutor y su
lenguaje no verbal, como lo vimos en otros artículos del Boletín, y centrarnos
en la comprensión de sus mensajes.
La escucha activa es una voluntad
total de comprender lo que expresa el otro. Obliga a prestar mucha atención y
nuestro interlocutor lo percibe, se siente gratificado.
Solo hay dos condiciones para
romper el silencio cuando escuchamos:
-
para confirmamos que comprendemos: bien, de acuerdo, le sigo,
ya veo, etc.
-
para pedir brevemente una clarificación: ¿puedes repetir?,
no entiendo bien, más despacio, etc.
El pilar de las
preguntas abiertas
Una pregunta abierta es aquella que
no puede ser contestado por una información concisa sino que necesita un
desarrollo. Las otras son cerradas.
Por ejemplo: ¿te ha gustado?, ¿hace
tiempo que haces este trabajo?, ¿quieres comer conmigo?, ¿comprendes lo que te
digo? son todas preguntas cerradas.
Pero: ¿qué es lo que más te ha
gustado?, ¿qué aprecias más de este trabajo?, ¿qué opinas sobre la
posibilidad de que comamos juntos? y ¿qué destacaría de esta explicación?
son preguntas abiertas.
Las preguntas cerradas no inducen
el sentimiento de que nos interesamos al otro, sino que procedemos a una
investigación o a una encuesta policial. Nuestro interlocutor se sentirá rápidamente
molesto a la vez que nos quedaremos sin verdaderas preguntas interesantes que
hacer.
El pilar de la
reformulación
La reformulación es una técnica
que consiste a devolver al interlocutor su mensaje, pero de una forma más
concisa, más directa, despojada de ejemplos y adornos.
La reformulación no resta ninguna
idea importante, no interpreta ni añade nada. Puede útilmente reestructurar la
idea original para hacerla más clara.
Más sencillamente, la reformulación
es repetir al otro lo que acaba de decir, lo más simplemente posible y sin
ninguna distorsión.
Cuando explico eso en alguna
formación suele haber alguien que observa:
-
"pero si repito al otro lo que me dice, pensará que me
burlo de él."
Tal vez fuera así si repitiéramos
como un loro, pero la reformulación obliga a algo más: ¡a comprender! Para
poder reformular, es necesario comprender lo que dice el otro.
Eso obliga a prestarle mucha atención,
lo cual le resulta gratificante. Y si comprendemos, ya dejaremos de interpretar
a la ligera, de adivinar, de justificar nuestras interrupciones y malentendidos
anteriores y sacaremos muchos más beneficios aun.
El pilar de la
motivación
Expresad todo lo positivo del
discurso de vuestro interlocutor. Le cambiará mucho porque como todos, oímos
muchos sobre nuestros defectos y poco sobre nuestras virtudes.
En lugar de centraros sólo sobre
lo que motiva vuestro desacuerdo, podéis construir sobre los puntos de acuerdo.
También podemos considerar que motivar al otro a hablar y estar de acuerdo
sobre la forma, no significa estar de acuerdo sobre el fondo. Reconocer al otro
el derecho a manifestar su opinión y a ser escuchado no significa darle la razón.
Por
tanto no dudéis en motivar al interlocutor a expresarse porque escucharle e
intentar entenderle nunca ha significado aprobar los contenidos. Ahora bien,
sintiéndose escuchada, una persona se esforzará también a escucharos. Es el
efecto espejo. Y entre dos personas que se escuchan y se comprenden, siempre se
puede esperar que salga algo bueno.
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