EL JEFE ¿UN ESPECIALISTA EN TÉCNICA O EN PERSONAS?
Michel Henric-Coll
Afirma
el Presidente de una multinacional que el 80 % de los problemas técnicos son
problemas humanos. Y se supone que los jefes deben evitar y resolver los
problemas, así que podemos lógicamente preguntarnos qué clase de jefes
necesitan las organizaciones: técnicos o entrenadores.
La
función del jefe - cualquiera que sea la forma en que se le llame: responsable,
directivo, líder - es conseguir que sus colaboradores hagan, y aquí radica una
de las mayores dificultades. Para dirigir el jefe debe de aceptar dejar de hacer
para hacer que los demás; abandonar una competencia técnica en general precisa
por otra que aparece más borrosa o etérea: la de dirigir a personas.
Es
una decisión difícil puesto que todo el mundo tiene sus ideas personales sobre
como mandar saber dirigir mientras que lo es mucho menos la pericia en la electrónica
de los microprocesadores o los patrones de corte de pantalones. Pasa en la
dirección de personas como en el fútbol, todo el mundo se siente entrenador
nacional y está dispuesto a criticar al titular, pero a los jugadores es más fácil
reconocerles el talento.
Siendo
estos jefes técnicos y racionales, comprenden que las capacidades técnicas se
pueden medir, y por tanto reconocer, mientras que la calidad del liderazgo
resulta más apreciativa y por tanto más criticada. Así que, consciente o
inconscientemente, se escudan en lo tangible (su capacidad técnica) cuando su
verdadera misión se desarrolla en lo intangible (entrenar a personas para que
rindan lo mejor posible).
Por
lo que cuando un jefe basa su autoridad en sus capacidades técnicas personales,
es porque siente que su liderazgo carece de legitimidad. Al no dominar el arte
de entrenador, por lo menos quiere ser el mejor jugador.
Pero
en el mismo momento que recurre a su tecnicidad personal para conseguir una
ascendencia sobre sus colaboradores, les está dando el mensaje de que ellos no
son lo suficientemente competentes en sus funciones y tareas. Está creando
dependencia en sus colaboradores lo que conlleva dos consecuencias perversas:
-
el éxito pasa a ser del jefe, no de su departamento, lo que
priva a los colaboradores del principal motivador en el trabajo: los logros.
-
empobrece las aportaciones del equipo, la creatividad, la
iniciativa, porque los colaboradores aprenden que la buena solución, es la del
jefe (el famoso "el jefe tiene razón").
El
jefe-técnico suele dirigir un grupo poco numeroso, en el que considera a todos
como si fuesen otros brazos y manos de su propio cuerpo. Piensa y pide ejecución
en los mismos términos que sus propias ideas. El grupo se aparenta a un pequeño
comando militar en el que todos obedecen sacrificadamente al sargento. Este tipo
de grupo puede conseguir resultados insuperables en misiones puntuales, pero al
coste de tensiones afectivas personales (véase el artículo La Supermotivación)
y de fuertes limitaciones creativas (las órdenes vienen siempre de arriba).
Cuando el número de colaboradores aumenta, las interrelaciones personales
producen fenómenos sociales que el jefe-técnico no es capaz de entender ni
llevar. Es cuando aparece y se multiplica la ineficacia.
En
contrapunto, el jefe-coach es un animador de equipo, que plantea las estratégicas
y procura que el equipo desarrolle las mejores tácticas para alcanzar los
objetivos. Su función es la de un facilitador para que todos puedan rendir lo
mejor de ellos mismos, tanto cara a las metas como a la satisfacción
socio-afectiva personal.
Si
los resultados de un jefe-técnico son a corto plazo, y a corto plazo se ven y
se miden, los del jefe-coach son a largo plazo y solo a largo plazo se pueden
valorar.
Por
eso el jefe-coach necesita una virtud que falta al jefe-técnico: la seguridad
en sí mismo que nos proporciona la fuerza psíquica de confiar en el futuro.
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