SUPERMOTIVACIÓN
¿de verdad quiere colaboradores supermotivados?
Michel Henric-Coll
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¿Tu
entiendes a Juan?
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No lo entiendo para nada. Parece imposible que una persona
que fue tan importante, tan productiva, tan exitosa en esta empresa se haya
convertido en lo que es.
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Es verdad, lo tenía todo. Podía haber conseguido aquí lo
que quisiera: poder, honores, dinero. El gran jefe solo juraba por él.
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Y ahora se enfada por nada, cualquier cosa que le digas sobre
su trabajo parece ser un ataque personal.
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Siempre te recuerda sus antiguas batallitas y sus antiguas
victorias. Su legitimidad está en el pasado.
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Sí, está antiguado. Se ha aferrado al Proyecto como si
fuera hijo suyo, cuando le propusieron un nuevo departamento, se negó,
argumentando ya no se que, pero en realidad, creo que tenía miedo.
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Creo que está quemado.
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¿Quemado? Pero si no hace nada más que trabajar. Tu no lo
conociste antes, solía salir con los colegas a tomar una copa, a cenar, a jugar
un doble de tenis ...
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¿Juan? Cuesta creerlo.
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Pues no siempre fue como es. Me acuerdo cuando le confiaron
la jefatura de su departamento, dándole preferencia sobre un colega más
antiguo. Estaba super motivado. Quería comerse el mundo. Empezó a dedicar
todas sus energías y todo su tiempo al Proyecto. Era admiración de muchos y
envidia de otros tantos. Todo el mundo apostaba por él para llegar a la alta
dirección.
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¿Qué habrá pasado?
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No lo sabe nadie. Ahora parece vivir en una burbuja, no sale,
se enfada con facilidad, se aferra a ideas desfasadas, parece amargado, como
desilusionado. Creo que peligra su carrera, y hasta su puesto de trabajo. ¡Sería
una pena perderle!
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¿Qué dices?
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Pues sí. Sabe muchísimo, conoce la empresa como pocos,
conoce el mercado, tiene experiencia. No son activos agradables de perder.
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¿Qué le habrá pasado?
¿Qué
le habrá pasado, verdad? ¿Cómo es posible que un colaborador tan motivado se
haya convertido en un problema?
Precisamente
el problema está en la motivación, o mejor dicho, en la excesiva motivación.
Desde
luego, la mayoría, por no decir la totalidad de los responsables desean tener
colaboradores motivados. Muy motivados.
En
un contexto económico basado en la competitividad y la eficacia productiva, la
motivación del personal parece una condición indiscutible. Seguro que pensáis
que cuanto más motivado, mejor, ¿verdad?.
Pues,
no todo el monte es orégano.
Es
cierto que hasta cierto umbral, la eficacia profesional y el nivel de motivación
están correlacionados. Sube la motivación, sube la dedicación y sube la
eficacia profesional. Pero esto tiene un tope más allá del cual los efectos se
invierten y la supermotivación genera beneficios negativos. Un colaborador
sobremotivado se convertirá en un problema. Veamos por qué.
El
equilibrio afectivo de las personas descansa en tres pilares: la vida
profesional, la vida privada y la vida relacional.
Cuando
se rompe sensiblemente el equilibrio afectivo de una persona, experimenta tensión,
ansiedad, estrés, depresión y otros efectos indeseables e improductivos.
Nuestro
capital afectivo es limitado, no puede ser estirado a voluntad, por lo que una
super motivación profesional termina mermando los demás capitales afectivos,
va en detrimento de ellos.
En
general, la vida relacional declina primero porque las personas se esfuerzan en
mantener como puedan una estabilidad familiar. Ya no se sale con los amigos
("es que no tengo tiempo"), se deja el deporte y los hobbies. Si la
sobremotivación profesional se mantiene, o aumenta, la vida familiar también
se verá afectada. El equilibrio está roto.
Las
necesidades afectivas se van centrando en un solo pilar: la vida profesional, y
cualquier golpe a la misma hace tambalear el edificio emocional. La identificación
entre la persona y el trabajo es excesiva. Las necesidades afectivas descansan
en un solo soporte a la vez que lo hacen más frágil, como pasaría con una
pierna sana si le escayolasen la otra.
Se
instala una confusión entre el ser y el hacer. La persona se proyecta en su
obra, se identifica con ella; toda crítica a la misma se convierte en una crítica
personal, tanto más dañina que no tiene ya otra fuente afectivo para
re-estabilizar el conjunto.
En
su entorno sus colegas y sus colaboradores aprenden a no opinar, para evitar los
enfrentamientos y el super motivado deja de recibir feed-back, o lo recibe en
una retroalimentación sesgada, y por tanto inútil.
Al
no recibir retroalimentación, se produce una forma perniciosa de aislamiento
que se traduce en la pérdida, parcial o total, de la capacidad de evolución.
El
desequilibrio afectivo crea una dependencia, afectiva también, del trabajo en
el que la persona supermotivada se ha invertido. Depende de lo que hace porque
ya es lo único que ama y le puede gratificar emocionalmente. Dejarlo, abandonar
su proyecto, sería dejar lo que le gusta, lo que él "es". En
consecuencia la persona pierde capacidad de adaptación.
La
supermotivación se asocia a proyectos concretos, que proporcionan satisfacción
y placer. Una vez terminado el proyecto que proporcionó el gratificante éxito,
queda el presente que siempre parece soso, tanto más como nuestro supermotivado
habrá perdido algún tren mientras se aislaba en el suyo. Los que quedan no son
tan importantes. Y así se convierte en un nostálgico del pasado.
Y
todo eso ocurre al Juan de nuestra historia. Fue un supermotivado. Se dedico en
exclusividad a su trabajo renunciando a su vida relacional, tal vez también a
la personal, y ahora se encuentra marginado, desilusionado y desfasado.
La
motivación es buena, imprescindible, fundamental. Pero esta materia como en
tantas, el exceso es un defecto y lo mejor puede ser enemigo de lo bueno.
Un
buen coach procura motivar a su jugador, pero no permite que se queme.
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